Salvo efectos colaterales

entre el fin de tu duda
y el principio de tus ganas
había algo ahí
pidiéndome que me asomara a tu ventana”
En mi vida no pasa nada, salvo andar un poco descolocado a causa del reordenamiento del transporte urbano dispuesto por el gobierno, el famoso transantiago, que yo, como irreductible peatón, utilizo sin chistar. Y, salvo andar entusiasmado con una vecina del barrio que conocí en la parada de micros, con quien cada madrugada viajamos juntos al trabajo y compartimos el bus y el metro cuadrado del Metro que transporta a quizás cuántos miles y miles de vecinos y vecinas de este gran Santiago.
Y salvo que el otro día fui al lanzamiento de un libro de poesía “Breviario del deseo esquivo” –que, a todo esto, extravié, no recuerdo si lo presté o perdí en algún trasbordo-, de la tica Arabella Salaverry, la mujer de Leonardo. Menos mal que alcancé a rescatar algunos versos del poema que da el nombre al libro: “Puedo enseñarte/ el intrincado camino que lleva a mi deseo. / Lo conozco de ida y vuelta. / Si necesitas luz/ mapa/ señal/ y guía/ me ofrezco a acompañarte”. Versos que han desatado más de alguna fantasía en uno de mis tantos mañaneros viajes en Metro junto a ella.
Y entre estación y estación, y de sorpresa en sorpresa, tan cerca y tan vecinos, y no sabíamos de nuestros caminos recorridos y, a veces, a causa del vaivén y las frenadas del tren, sin querer queriendo, he rozado su cuerpo y comprendido. “Te puedo enseñar/ cómo responde mi piel/ a la caricia”, me imagino que musita.
Y el tren vuela, los minutos vuelan, mi corazón vuela, mi imaginación vuela, y entre los miles de pasajeros y las luces y los altoparlantes gritan “...nadie como yo/ puede guiarte/ para encontrar el camino/ que llega a mi deseo esquivo”.
Y en la estación Baquedano hago el trasbordo sin ganas y un contenido beso en la mejilla me desliza hacia el andén, y empujado por la multitud subo y bajo escaleras hasta la línea 1 y corro a la oficina para escribir y confesarle mis deseos ocultos, un calculado plan que concibe que estos trozos de palabras o alguno de ellos se cuelen por los intersticios de la red y lleguen hasta el centro de su e(squivo) mail.
En fin, así ha ido mi fome pero zarandeada vida, con estos no previstos efectos colaterales o benditos coletazos, gracias al afamado y vapuleado transantiago.
Ah! y salvo que el viernes pasado me contó que le cambiaron el turno así que, ahora me estoy yendo, rumiando solo mi secreto, en taxi.
Y eso...