La Ventana de Trutruka

viernes, marzo 10, 2006

Hola, puh, Antofagasta!



Qué alboroto causó, hace siete años, un ajuste de términos de la lengua castellana adoptada por el diccionario de la Real Academia Española, más conocida como RAE. En la ocasión, se actualizó un montón de palabras y se desechó otro lote que ya había caído en desuso.
Pero lo que causó sorpresa, batahola e indignación fue la inclusión del término antofagasta como “persona cuya presencia en una tertulia o café desentona o fastidia”.

Considerada una vejación por las autoridades locales de la época, puso en pie de guerra a todo antofagastino bien nacido. El Concejo Municipal con el alcalde a su cabeza no sólo emitió un voto de repudio sino que se contactó con el embajador de España de la época para expresarle su desagrado por tal despropósito. No era para menos!
Antofagasta no podía sino reaccionar con ira ante tamaño ninguneo.
De hecho, ya no les causa mucha gracia a los antofagastinos el mote de “Antofagasta dormida”, título de la canción que inmortalizara el ilustre compositor mejillonino Gemalín Guerra.

Antofagasta dormida,
tus calles están desiertas,
una nostalgia se anida,
Antofagasta dormida.
Me apena verte tan triste,
pena que lloro doliente,
quisiera darte mi vida,
Antofagasta dormida.

Bella tierra donde yo nací,
bella ciudad de ensueño,
tú que me viste nacer allí
como pudiera yo darte,
dinamismo siglo veinte.
No, no, no, no puedo creer,
despierta de tu letargo.












Qué salado este salar

Pero, por qué “persona cuya presencia en una tertulia o café desentona o fastidia”?

“El País”, diario madrileño que advirtió sobre esta ocurrencia de la RAE, cita al académico Humberto López Morales, secretario de la Asociación de Academias de la Lengua, quien esboza algunas posibles explicaciones.
Primero explica que la palabra antofagasta ya aparece definida así en el Diccionario Histórico, y que no es un americanismo, como podría pensarse, sino una palabra que se usaba en los años veinte y treinta en Madrid entre los contertulios, poetas e intelectuales, que se solían reunir en los cafés.
Se trata de un divertimento lingüístico, dice el académico, una palabra eufónica que se usaba en los corrillos, y que aparece por primera vez en el Retablillo grotesco, de Emilio Carrere, según el Diccionario Histórico. Luego, en 1930, la menciona Ramón Gómez de la Serna; en 1952 lo hace Díaz Cañabate; y, en 1985, Alonso Zamora Vicente dice en El trasluz que «era una definición ramoniana para describir al pelma inevitable». Camilo José Cela tiene un personaje que se apellida Antofagasta y el periodista Jaime Campmany escribe en 1992 sobre «esos tipos con mala sombra que Federico (García Lorca) llamaba antofagasta».
Hasta aquí la historia que nos remeció a finales del verano naranja del 97. Afortunadamente, sin embargo, nadie se batió a duelo. En menos de un santiamén, la Real Academia Española eliminó la ofensiva acepción de su diccionario, aunque se ha sabido que sigue figurando en el Diccionario Histórico, pero sólo como una referencia literaria.

Finalmente, todos sabemos que antofagasta es un término aymará que significa salar grande.
Y la negra Tomasa me recuerda que Antofagasta, mal que mal, es la Perla del Norte.

Y eso...

1 Comments:

At 9:43 p. m., Anonymous Anónimo said...

La verdad siempre
me ha parecido una palabra bacana, sonora y llena de colores.

 

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